Un buen día de hace mucho tiempo, encontré casualmente un viejo cementerio junto a un pueblecito derruido del Pirineo.

Un cementerio muerto, un cementerio que había quedado abandonado, como abandonado estaba el pueblo. La naturaleza lo estaba engullendo todo.

Las pocas lápidas que quedaban, yacían cubiertas de musgos y agrietadas por el paso del tiempo. Las cruces de hierro forjado abundaban más, aunque el oxido las iba devolviendo lentamente de nuevo a la tierra.

En aquel lugar reinaba una paz muy especial. Un mirlo que remataba la punta de un ciprés, cantaba sin parar y en el suelo de hierba, los grillos recitaban a coro la conocida balada del cri-cri.

Paseaba tranquilo viendo como la hierba, las zarzas y un gran saúco, se hacían los dueños de aquel lugar… bueno, o tal vez, aquel lugar se estaba transformando en la naturaleza que originalmente tuvo que ser.

En la base de una gran cruz herrumbrosa que se caía a pedazos, un objeto en el suelo me llamó la atención. Un cristo tallado en piedra yacía plácidamente sobre la hierba.

Me tumbe “cuerpo a tierra” para contemplar a ras de suelo el curioso descubrimiento y por más que lo miraba, lo único que podía ver era un cristo placiente tumbado sobre la hierba, disfrutando del sol y del canto de los grillos…aquella pose destilaba incluso un aire muy sensual.

Aquella sencilla imagen me estaba devolviendo la cara opuesta de todo aquello que desde muy chico me habían enseñado.

El paso de los años, la herrumbre de aquella vieja cruz, el cristo que un buen día cayó sobre la hierba quedando en aquella postura…

Quizá…el azar de la naturaleza.

Texto y Fotografía: Carlos Jiménez / photoAlquimia ©
 

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