El viento silba a través de las apretadas ramas de una sabina de más de mil inviernos, la misma que un día vio cabalgar al Cid camino de Luzón. Montes de contrastes, humildes, austeros. Una alfombra de calizas ásperas y cortantes decoradas con finísimos líquenes. Grandes piedras rojas esculpidas por los meteoros. Un lugar donde cada brizna de hierba imagina el bosque que un día será. Un santuario natural en donde algunos siguen levantando hitos allá donde el paisaje lo sugiere.

Cuentan que en la paramera, una vez al año, los diablos abandonan el vientre de la madre tierra a través de una grieta que nadie conoce. Un estruendo de cencerros anuncia a vecinos y forasteros la llegada de los portadores de un misterio ancestral. Una mezcla de hollín y aceite marca el rostro de los que se dejan atrapar. Otros, corriendo despavoridos por las callejuelas, van a toparse con las mascaritas que vagan sin dirección, sin expresión alguna, portadoras quizá de un secreto mudo.

Un misterio milenario ha sobrevivido en la pequeña villa de Luzón, esperando el día en que alguien como tú, acuda y lo desvele.

Texto: Carlos Jiménez / photoAlquimia ©
Fotografía: Carlos Jiménez. Postproducción: Pilar Balsalobre / photoAlquimia ©
 

 

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